Había una vez una niña que vivía en una pequeña conchita de playa, a orillas del mar, donde las olas le susurraban cuentos antiguos y el viento jugaba con su cabello. Su hogar no era como el de las demás personas, pues la concha, grande y cálida, había sido su refugio desde que tenía memoria. La conchita era lo suficientemente grande para que ella pudiera vivir cómoda y feliz, con paredes suaves que se curvaban como un abrazo, y una entrada abierta que la conectaba directamente con el océano.
Cada mañana, al amanecer, se despertaba con el sonido de las olas chocando suavemente contra la orilla. Nunca se sentía sola porque la naturaleza siempre estaba allí para acompañarla: los cangrejitos ermitaños, las tortugas que a veces se acercaban a la orilla para visitarla y todos los peces que nadaban a su alrededor.
La pequeña niña aprendió a escuchar el susurro del viento, a leer los colores del cielo y a comprender los cambios de marea. Sabía que el mar, aunque parecía siempre igual, cambiaba constantemente, y le ofrecía un sinfín de secretos por descubrir.