Cerámica sensorial

Antes, la cultura se vivía de una manera mucho más táctil y sensorial. La experiencia de interactuar con objetos, como discos, libros o cualquier otro artefacto cultural, era un acto profundamente físico que implicaba más que solo la recepción de información. Estos objetos tenían una presencia palpable que influía en cómo las personas se conectaban con el contenido y el significado cultural que representaban.

Por ejemplo los libros, además de ser puertas a otros mundos a través de sus palabras, también ofrecían una conexión sensorial directa con el lector. El tacto de las páginas, el peso del libro, el sonido del pasar de las hojas, y por supuesto, el olor del papel, el tipo de tinta y la encuadernación. Todos esos elementos eran parte de una experiencia sensorial que enriquecía la relación con el contenido. Un libro viejo, por ejemplo, podía evocar recuerdos y emociones simplemente por la nostalgia del olor a papel envejecido, algo que ya no se experimenta de la misma forma con los e-books.

Lo mismo ocurría con la ropa. Mi abuela era costurera y para mi era una maravilla entrar en su taller. Me gustaba tocar las telas, olerlas. Sentir la textura de cada una de ellas.  Me gustaban los hilos y los múltiples botones que guardaba en una caja. Y sobre todo me parecía maravilloso el contacto que se establecía entre la persona que venía a encargar un vestido y la modista.

Con la llegada de lo digital y lo virtual, hemos perdido esta dimensión sensorial. Los dispositivos electrónicos, aunque prácticos y funcionales, carecen de esa carga emocional y sensorial que venía con los objetos físicos. Ya no podemos oler un libro digital ni sentir su textura, ni la sensación única que generaba escuchar música a través de un vinilo. Comprar ropa a través de cualquier plataforma online será práctico pero pierde todo el encanto que tenía antes. Las experiencias se han vuelto más rápidas, más accesibles, pero también más intangibles y fugaces.

El paso hacia lo virtual ha transformado nuestra relación con la cultura, haciéndola más abstracta y desmaterializada. La cultura digital se transmite principalmente a través de pantallas y sonidos procesados, y aunque es innegable que ofrece ventajas en términos de accesibilidad y expansión del conocimiento, también ha reducido la conexión emocional profunda que teníamos con los objetos culturales físicos. En el proceso, hemos perdido esa rica interacción con lo táctil, lo sensorial, que nos conectaba de una manera más visceral con la cultura y la historia.

Es por esto que cuando me puse a imaginar esta nueva serie de esculturas tenía claro que quería utilizar materiales que el espectador pudiera tocar. Los elegidos fueron la piedra, el metal y la tela. A menudo se me ocurren muchas ideas, pero una cosa es imaginarlas y otra es darles forma.  Al trabajar con materiales reales surgen retos que me motivan y que dan lugar a cosas nuevas que nunca se me habrían ocurrido de antemano.

Me apetecía utilizarlos para que cada una de las piezas se convirtiera en una experiencia sensorial. Como un homenaje a aquella época que quedó atrás.

Podría decirse que en en esta ocasión además  de inspirarme la naturaleza, también me ha inspirado el propio material.

Tanto la tela, como el metal o las piedras son materiales familiares de la vida cotidiana.  Cada uno de ellos cuenta con  características únicas que pueden suscitar diferentes sensaciones o emociones. Algunos tejidos evocan la sensación del frescor de la humedad, otros tienen una esponjosidad que resulta reconfortante; hay tejidos que evocan lo misterioso o lo etéreo; hay tejidos que inspiran tranquilidad; y algunos tejidos sugieren fragilidad, sutileza, etc. Al ser la tela un material flexible y texturizado, he podido utilizarla de distintas maneras. Uniendo la tela a la cerámica, he podido crear una interacción interesante entre la rigidez de la arcilla y la suavidad o fluidez del textil, generando efectos visuales y táctiles inusuales.

El metal por otro lado lo he utilizado de diversas formas, tanto para crear detalles decorativos como para que forme un componente estructural.  Latón, hierro o cobre los he combinado con la cerámica para aportar un contraste entre la solidez y la fragilidad de la arcilla cocida. El metal ha enriquecido mi obra y me ha permitido nuevas posibilidades en la funcionalidad.

Por último, las piedras las he integrado como elementos decorativos o incluso funcionales. Este material han aportado a mi cerámica una cualidad natural y única que enriquece tanto el aspecto visual como la composición química de las piezas. Creo que las piedras no solo mejoran la estética, sino que también pueden influir en la resistencia y durabilidad de las piezas.

En conjunto, la incorporación de materiales como la tela, metal y piedras en la cerámica no solo me ha abierto nuevas posibilidades creativas, sino que también ha supuesto un desafío ante las nociones tradicionales de lo que puede ser la cerámica. Esta experimentación continua me ha permitido crear obras versátiles, llenas de significado y belleza, llevando la cerámica a nuevos horizontes artísticos y funcionales.

En la fría oscuridad de la montaña, las piedras se abrazan con fuerza, testigos mudos de mil historias, guardianes eternos de la naturaleza. La piedra, sin voz pero llena de palabra, brinda refugio a aquellos que la tocan, les cuenta sus penas y alegrías, escucha atenta, sin juzgar ni reclamar.

En cada piedra, una lección se esconde, el valor de la paciencia, la resistencia, la importancia de mantenernos íntegros, incluso cuando el mundo parece derrumbarse.

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